Bombardeo
Caracas, 28 marzo.- Cuando un F-16 pasa por encima de tu cabeza, en vuelo rasante, por unos segundos solo se oye el ruido de su potente motor. Esa es una de las conclusiones a la que he llegado después de la operación “Boquete I”, con la que el Gobierno de Venezuela ha querido mostrarle al mundo que sí lucha contra el narcotráfico. Estados Unidos no se cansa de repetir que Chávez actúa en connivencia con la narcoguerrilla de las FARC, y que permite el paso de la droga por su territorio desde los campos de coca de Colombia. Colombia es el mayor productor de cocaína del mundo, y Estados Unidos el mayor consumidor. En esta macabra ecuación, Venezuela está en el medio, y la droga pasa por su territorio camino de los mercados mundiales.
Hoy tenía que estar a las 7 de la mañana en la Rampa 4 del aeropuerto internacional de Maiquetía, de donde salen y llegan todos los vuelos oficiales que pisan Caracas. Allí, un avión del ejército ha llevado a cerca de treinta periodistas hasta Guasgalito, una pequeña ciudad en el sureño estado de Apure. Una vez en Guasgalito, y después de otros treinta minutos de vuelo en helicóptero, también de las Fuerzas Armadas venezolanas, hemos llegado a la más absoluta de las nadas, a unos 15 kilómetros de la frontera con Colombia.
La gran sabana venezolana es inabarcable. Hasta donde te alcanza la vista, el vuelo en helicóptero incluido, no ves ninguna ondulación del terreno. Todo es completamente llano, y la uniformidad del terreno solo se ve distorsionada de vez en cuando por algún pequeño bosque, por algún río, algún pájaro… Este terreno permanece seco en esta época del año, pero entre marzo y octubre, cuando llegan las lluvias, todo se convierte en un inmenso humedal.
Venezuela había preparado hoy para la prensa una puesta en escena de lo más castrense. En medio de esa nada, a decenas de kilómetros de cualquier casa habitada, el ejército había dispuesto varias carpas, equipos de transmisión satelital para las televisiones, megáfonos, refrigerios, sillas con prismáticos para cada periodista… vamos, un auténtico show mediático. Eso lo sabíamos desde el principio, pero bueno, al menos en mi caso, ir a ver los llanos de Venezuela ha sido un auténtico regalo.
El ejército ha bombardeo una pista clandestina de aterrizaje de avionetas, usada supuestamente para el transporte de la droga que llega desde Colombia. El ‘modus operandi’ de los narcotraficantes es simple: alguien pasa la frontera con la cocaína, la esconden donde toca, se prepara una pista para aterrizar, y una avioneta se lleva la mercancía donde mande el capo de turno. Solo en el estado de Apure, han dicho que tienen localizadas unas 157 pistas clandestinas, que procederán a “inhabilitar” en los próximos días. Por todo el país puede haber más de quinientas. Normalmente basta con que una retroexcavadora cave unas zanjas a lo largo de la pista para dejarla inutilizada, pero hoy tocaba algo más que eso. Está claro que tanto general y coronel no habían ido a pasar calor a la sabana para ver como una máquina hace agujeros en el suelo. Tampoco iban a llevar a tantos periodistas hasta allí para eso.
El espectáculo ha comenzado con una exhibición de la unidad canina. Los perros han encontrado dos fardos de coca enormes, mientras los grupos de operaciones especiales aseguraban un perímetro en el que el único peligro eran los reporteros con sus cámaras. ¿Dónde se han llevado la coca? No lo sé. Acto seguido, un helicóptero de fabricación rusa, un MI-35, ha disparado su ametralladora de 23 milímetros sobre la supuesta pista, y después ha soltado dos bombazos que han hecho retronar la sabana. Los periodistas estábamos a más de un kilómetro de allí, pero unas inmensas columnas de humo, así como el ruido de las detonaciones, advertían que la cosa iba en serio.
Después de esto, los artificieros han activado tres cargas huecas a distancia, que estaban enterradas en la pista. Mientras el general de mayor rango en la zona sonreía ampliamente disfrutando de un fantástico puro de un palmo de largo. La traca final la han puesto dos F-16, vendidos por Estados Unidos a Venezuela en 1983. Mediante varias pasadas, han soltado unas tres bombas cada uno de 500 libras, que han acabado con cualquier vestigio de lo que un día pudo ser una pista de aterrizaje.
El director de la Oficina Nacional Antidroga (ONA), el coronel Néstor Reverol, ha insistido en que Venezuela sí lucha “contra el flagelo del narcotráfico”. Nada mejor que un escenario montado a medida para mostrárselo a la prensa. De paso, también ha anunciado que han instalado un radar chino para controlar el espacio aéreo en unos 400 kilómetros a la redonda. Desgraciadamente, se ha quejado de que no disponen de naves para interceptar los vuelos sospechosos. Concretamente ha acusado a Estados Unidos de no permitir la compra de 24 aviones ligeros ‘Súper Tucanos’ a Brasil el año pasado. Dichos aviones cuentan con tecnología militar estadounidense, y por tanto Venezuela tendrá que conformarse con los F-16 que, si bien son muy espectaculares, no dejan de ser trastos viejos en el mundo de la aviación militar actual. La compra de los ‘Súper Tucanos’ sí que fue autorizada a Colombia.
En todo caso, hay que reconocer que luchar contra el narcotráfico en esa inmensidad inhabitada es una tarea más que complicada. Por lo visto, para abrir una nueva pista de aterrizaje clandestina basta con que un camión pase cincuenta veces por la misma senda. El terreno es llano de por sí, y compactar una porción de dos kilómetros de largo no tiene mayor misterio. Los pilotos de las avionetas repletas de coca no necesitan más que la señalización de una bengala encendida por alguien en tierra, en plena oscuridad, para aterrizar donde toque.
Con este panorama, y a pesar del show mediático de hoy, me parece que a Venezuela le tocará seguir escuchando que colabora con el tráfico mundial de la droga. O mucho cambian las cosas, o la gran sabana venezolana seguirá siendo igual de inhóspita, aún para los F-16. mm