el fòrum dels exiliats

recull de contrastos des del periodisme

Poderío yankie

Valparaíso (Chile), 14 may.- Es conocido por todos, guste o no, que Estados Unidos es la más poderosa superpotencia militar mundial. Hoy me ofrecieron una pequeña demostración a nivel particular por si no me había quedado suficientemente claro. Hice un viaje relámpago a Valparaíso, concretamente al muelle de la Armada de Valparaíso. ¿El motivo? El portaaviones estadounidense George Washington había llegado a la ciudad y la embajada de EEUU, muy amablemente, había preparado una visita para enseñarnos a los periodistas lo machos y lo poderosos que son.

Unas lanchas nos trasladaron del muelle hasta el portaaviones, que a causa de su tamaño y por seguridad, permanece varado en la bahía de Valparaíso. Estamos hablando de un bicho de más de 300 metros de largo, unos ochenta de ancho, en el que viajan más de 4.000 tripulantes, entre marines y oficiales.

Al llegar, caras de curiosidad de los marines, algunos muy jovencitos y otros más veteranos. Todos con el pelo bien cortito, algunos con las patillas recortadas -¡qué horror!- y con sus uniformes con la banderita de las rayas y las estrellas.

No han perdido la oportunidad de subirnos a la pista de aterrizaje de cubierta para enseñarnos a los ‘niños’ de la casa: los aviones de combate. Un total de 35 aparatitos, entre helicópteros, F-18 y otros modelos preparados para la guerra y a los que no me gustaría enfrentarme. Un teniente del grupo de combate nos ha explicado que el buque está realizando ejercicios y pruebas con la Armada chilena y que está preparado para misiones como la lucha contra el narcotráfico o, cómo no, la búsqueda de armas de destrucción masiva. Tenían que aparecer. Sólo espero que tengan más exito que en Irak.

Debo confesar que pese al tonillo anti gringo de este post, la visita no me ha disgustado, no cada día tiene uno la oportunidad de subir a este tipo de embarcaciones. Ahora los marines -también existen “las” marines, pero son muy minoritarias- tendrán cuatro días para disfrutar de Valparaíso en su tiempo libre. Se comenta que se han desplazado hasta la ciudad costanera autocares repletos de prostitutas para saciar la sed de los bravos patriotas gringos. Claro, tanto tiempo encerrados en un barco parando “sólo” en el Caribe, Brasil y Argentina… pobrecitos, qué vida más dura.

Más fotos en mi cuenta Flickr

gs

Maig 15, 2008 Publicat per exiliats | Chile, General | | 2 Comentaris

Ciudadano metro Vs ciudadano cine

Caracas, 14 mayo.- Hay dos tipos de ciudadanos en Caracas, entre otros muchos. El primero es el ‘ciudadano metro’, el segundo el ‘ciudadano cine’. Los dos son irreconciliables entre ellos y encarnan dos actitudes diametralmente opuestas. Eso no quiere decir que se trate de personas diferentes, puesto que un mismo individuo puede convertirse en ‘ciudadano metro’ o en ‘ciudadano cine’, indistintamente, con escaso margen de tiempo.

El ‘ciudadano metro’ aguarda pacientemente su turno en el andén del metro y, salvo contadas excepciones, siempre se mueve pronunciando educados “permiso” o “permisito”. Un buen número de estaciones del metro en Caracas tienen pintadas franjas amarillas en el suelo, dirigiendo a los usuarios hacia las puertas del nuevo convoy que está por llegar. La gente, ordenadamente, hace esa cola. En caso de que el metro venga lleno, esperan sin inmutarse a que acuda el siguiente. Es como un hormiguero ordenado en el que todos se mueven con sumo respeto a sus semejantes. Obviamente siempre hay excepciones, pero si comparamos la infraestructura y el comportamiento de los usuarios del metro de Caracas, podríamos decir que su calidad es ampliamente superior al metro de muchas capitales europeas. Los vagones son más amplios, están limpios, no tienen pintadas ni ralladas, y en ellos casi siempre funciona el aire acondicionado. Nunca ningún ‘ciudadano metro’ que se precie lanzará un objeto al suelo (por mucho que lo tire en cuanto salga de la respectiva estación). Nunca ningún ‘ciudadano metro’ comerá ni beberá nada en el interior de un vagón. Es más, si en el vagón entra una persona mayor, o cualquier madre con su bebé, los mismos pasajeros pedirán a los que van sentados que se levanten para dejar su lugar. En muchos casos se llegan a entablar conversaciones largas entre pasajeros que interaccionan en este tipo de operaciones. Además, la frecuencia de paso de los trenes es muy reducida, y los metros mucho más grandes que, por ejemplo, en Barcelona. Claro que el metro de Caracas también mueve a muchísima más gente, y en las ‘hora pico’ los vagones se quedan pequeños. Como muestra del comportamiento del ‘ciudadano metro’, un botón: esta mañana, sin ir más lejos, un señor de mediana edad me ha visto apoyado con un pie en la pared de la estación y me ha invitado a que dejara de hacerlo.

El ‘ciudadano cine’ va a cualquiera de los centros comerciales repletos de salas de proyección a ver una película como quien ve una película en su casa. Son conductas típicas hablar, reír, llorar, chillar, comentar lo que sea, responder al celular, levantarse, o comer y beber como animales. Existen verdaderos menús para consumir mientras ves el último éxito de Hollywood, o de donde sea. Los sirven en bandejas de plástico que se acoplan perfectamente a las butacas. En la sala VIP, incluso hay camareros que te atienden en tu asiento. Los menús, además de los típicos tanques de coca-cola y los cubos de palomitas donde cabe una cabeza tranquilamente, incluyen la posibilidad de pedir ‘tequeños’ (palitos fritos de queso), caramelos,  chucherías varias, o tarrinas de helado. En caso de que un ‘ciudadano cine’ acuda a ver una película con sus hijos, considerará lo más normal del mundo que éste decida ponerse a jugar con otros niños, corriendo por el pasillo de la sala, mientras pasan completamente de la película. Si el ‘ciudadano cine’ forma parte de un grupo de adolescentes hiperhormonados, no dejará de enviar mensajitos de texto con su móvil, o comentar los últimos avances amorosos de todos sus conocidos. En caso de ser una chica, pudiera ser que lo que más le llegara de la película fueran los pechos de la protagonista, acto seguido se plantearía si vale la pena operarse, y posiblemente entablaría una discusión formal con el resto de sus amigas al respecto. En caso de ser chico, soplará continuamente sobre el flequillo que le tapa media cara, se recolocará el jersey que lleva encima de los hombros, y comentará con sus amigos sus últimas adquisiciones de marca, sus últimos ligues, o quién es el próximo pringado a quien tiene ganas de darle de ostias. Ambos comportamientos se corresponden a la actitud de los jóvenes venezolanos ‘sifrinos’  (pijos), que son los que yo he visto en los cines donde he ido. El resto del comportamiento del ‘ciudadano cine’, creo que es extensible a toda la sociedad venezolana. No cabe decir que las salas de cine, cuando acaba una película, son verdaderas pocilgas, donde se ven más desperdicios que espacio de suelo.

Siempre es odioso generalizar o intentar encuadrar a un grupo de personas en un estereotipo. Hacerlo en el caso de acabar de llegar a un país donde muchas cosas resultan totalmente nuevas es doblemente peligroso. En todo caso, a día de hoy, creo que puedo afirmar sin ningún tipo de miedo a equivocarme que en Caracas existen dos tipos de ciudadano: el ‘metro’ y el ‘cine’. mm

Maig 14, 2008 Publicat per exiliats | General, Venezuela | | No hi ha comentaris

Historias de un autocar

Caracas, 12 mayo.- En el último viaje a Chuao tuve la posibilidad de viajar, otra vez, en las camioneticas y autobuses venezolanos. A pesar de ello, en esta ocasión sucedió algo que sobrepasó todo lo vivido anteriormente. El viaje en camionetica desde Choroní a Maracay, por el puerto de montaña, ya lo conocía. Es decir, los precipios, los cruces al milímetro con el resto de vehículos y el atronador sonido del cláxon a cada curva no fueron nada nuevo.

Una vez en la terminal de autobuses de Maracay teníamos que conseguir un nuevo autocar que nos llevara hasta la estación de La Bandera, en Caracas. Existen varias posibilidades de transporte, y en vista de que no podíamos ir más cargados, decidimos agarrar un autocar ”lujoso”. El lujo, más allá del aire acondicionado a temperatura de refrigerador, incluye la posibilidad de dejar todos los bártulos en un maletero, cosa que agradecimos profundamente. A pesar de ese “lujo”, el precio del boleto es de 10 bolos (unos dos euros), por un viaje de dos horas. Un taxi particular es mucho más caro. Las camioneticas cuestan la mitad.

Allí estábamos, en el terminal de Maracay, dispuestos a abordar el autocar. La gente hizo la cola ordenadamente, y después de recibir un tiket por cada bulto que dejamos en el maletero, subimos. Lo primero que me chocó fue el cacheo al que nos sometieron a todos los pasajeros, entiendo que para comprobar que no llevábamos ningún arma. Una vez arriba nos recibió una azafata al estilo ‘Boeing 747′ que nos explicó las características del viaje. El conductor se encontraba en una cabina aparte sin acceso para el pasajero.

Y empezó. Primero pasó un eficiente empleado que anotó, uno por uno, el nombre y número de cédula (en nuestro caso pasaporte) de todos los pasajeros. “Medidas de seguridad”, dijo. Nombres como Geniouska, Yurimar o Yosleydi forman parte del santoral típico venezolano.  En ese momento, la sonriente azafata nos señaló que debíamos viajar todo el trayecto con las cortinas de las ventanas cerradas. Según nos explicó, la razón era que en alguna ocasión autobuses de la compañía habían sido “atacados”, por lo que las cortinas “ayudaban a disminuir las posibilidades de impacto”. Pero lo mejor estaba por llegar. El eficiente empleado que anotaba los nombres, pasó con una pequeña videocámara estilo Efe grabando, uno por uno, a todos los pasajeros. Preguntamos para qué. Contestó que, en caso de accidente, eso aseguraba que nuestros familiares pudieran identificarnos. Ojos como platos. La capacidad de sorpresa en Venezuela, a pesar de haber cumplido cuatro meses en este país, permanece intacta. mm

Maig 12, 2008 Publicat per exiliats | General, Venezuela | | 6 Comentaris

Dale Bo

Santiago de Chile, 7 may.- Hay experiencias que sólo se viven una vez en la vida. Me encanta el fútbol, pero estaremos de acuerdo en que es algo bastane trivial, un negocio que año tras año pierde encanto y que de vez en cuando nos deja momentos memorables. Yo viví uno de estos preciados momentos el domingo pasado en Buenos Aires, cuando asistí al partido entre Boca Juniors y River Plate en La Bombonera.

Fue toda una aventura. Nos lo jugamos todo a una carta y un rato antes del inicio del partido nos presentamos a los alrededores del estadio, dispuestos a escuchar ofertas por unas entradas de reventa. Pronto sucedió. Intuyo que eran miembros de la barra de Boca, y nos dejaron claro que no quedaban entradas disponibles; si más no entradas como las entendemos en Europa: un papelito con un asiento asignado. Por 200 pesos argentinos -unos 40 euros-, nos ofrecieron “entrar” en el estadio sin entrada, detrás de las porterías donde hay bancos y no asientos. Y donde está La Doce, la barra brava de Boca Juniors. Primero nos chocó un poco, pero pronto lo comprendí todo. Nos estaban ofreciendo colarnos en el estadio con la connivencia de la policía bonaerense. Aceptamos y pagamos. Lo que vino a continuación fue un cúmulo de esperas y carreras por fuera del estadio. Éramos un grupo de 21 personas en la misma situación, siguiendo al tipo que nos debía entrar a la cancha cúal niños siguiendo a la profesora en el colegio. Llegamos a una puerta.

Tras conversar con alguien en el control de seguridad, nuestro contacto dice que allí no nos dejan pasar. Volvemos atrás. Esperamos. Caminatas arriba y abajo. Confieso que llegué a temer quedarme fuera y, de rebote, perder la pasta. Por eso íbamos todos pegados y sin perder de vista a nuestro contacto. De repente nos dicen que entramos y empezamos a correr detrás del tipo. Entre gritos y empujones, pasamos dos controles y estamos dentro. El partido estaba a punto de empezar, nos habíamos perdido la salida de los jugadores pero me daba igual. Estaba en La Bombonera el día del clásico argentino y no me lo podía creer. El ruido atronador de los cánticos y la melodía de las trompetas y trombones me devolvió a la realidad. Nos hicimos un hueco al final de la segunda gradería, junto a La Doce, que ocupaba toda la grada detrás de una portería. Allí empezó la fiesta, porque fútbol hubo más bien poco. Los hinchas a nuestro alrededor saltaban, cantaban y agitaban la mano con ese gesto argentino tan característico. El mítico grito “dale Bo” retumbaba a diestro y siniestro. Algunos aficionados se pasaron medio partido dando la espalda a la cancha, más preocupados en animar a la gente a cantar que en el partido en sí.

Impresionante ambientazo. No conozco el ambiente de los estadios en Europa pero, por lo que se comenta, intuyo que sólo un partido en Anfield Road, cancha del Liverpool, puede parecerse a eso. Desde luego, en España ese ambiente no se da ni de coña. Fue la guinda de la estupenda visita a Buenos Aires.
Aquí os dejo una muestra. En este caso, una imagen vale más que mil palabras.

http://www.lacoctelera.com/historiasconosur

Maig 8, 2008 Publicat per exiliats | Chile, General | | 1 Comentari

FELIÇ D’HAVER ESCOLLIT SER PERIODISTA!!

Roma, 6 may .- Nois nois un post rapid, després ho ecxplicaré amb més detall!! però avui és un dels dies en els que me n’alegro d’haver vingut a Roma! estic als internacionals de tenis!!! he estat ala roda de premsa del roger federer!!! per cert és la mar d’atractiu!!!! bueno crec que això no us imortava tant perquè no  té res de periodístic per`jo ja us ho he dit! estic a la zona de premsa i vaig a les rodes de premsa que fan els tenistes!! he tingut un parell de situacions crítiques que comentaré en un altre post més ampli però ara ja està anant unamica millor!! al principi del dia de parda com sempre ara de  becaria, inexperta pero sense arribar a fer l’idiota!!!! bueno un petó i aquí em quedo que comença el partit del moyà!!!

Maig 6, 2008 Publicat per exiliats | Roma | | 2 Comentaris

Chuao, mucho más que cacao

Caracas, 5 mayo.- Nunca hubiera imaginado que el cacao saliera de una fruta tan peculiar. El color de la fruta del cacao varía entre el verde, el blanco y el morado, supongo que en función de su grado de madurez. Su parte exterior es dura, con una cáscara rugosa, más ancha que la cáscara de la patilla (sandía). Nace sujeta al tronco o ramas de la mata de cacao, y dichas matas pueden ser tan grandes como un árbol pequeño. Pero el fruto en cuestión no es la terminación de ninguna rama, y no sale como el brote final a unas hojas. De hecho, los frutos de cacao aparecen como quistes anexos al propio tronco de la planta. Su interior es parecido al de la chirimoya; la parte blanca y gelatinosa, que tiene un sabor muy rico, protege las semillas. Esas semillas, una vez limpias y secadas al sol, pueden molerse para extraer el cacao propiamente dicho. Esa es la pasta base para hacer el chocolate. El pueblo de Chuao, con no más de mil habitantes, se enorgullece de producir “el mejor cacao del mundo”. Claro que en Venezuela a muchas cosas las llaman así, ya sea porque tienen el teleférico que sube a más metros por encima del nivel del mar del mundo, el salto de agua natural más alto del mundo, o porque es el país con las mayores reservas de petróleo del mundo.

Llegar a Chuao no es fácil. Solo puede hacerse vía marítima o después de caminar cinco horas desde el pueblo de Choroní. Para llegar a Choroní, otro pueblo costero en el estado de Aragua, antes hay que atravesar una carretera infernal que serpentea por una montaña en la que hay curvas donde las camionetas deben maniobrar marcha atrás para pasar. Así que nada de imaginarse un tráiler o un autocar grande en esa carretera, porque directamente no cabe. Tanto al puerto de Chuao como al de Choroní solo pueden llegar ‘peñeros’, esas míticas lanchas a motor en las que no caben más de veinte personas. Es lo que da de sí el muelle. Sí, Chuao está realmente perdido, y posiblemente ahí atesore su encanto. Llega gente, claro, porque es conocido, pero nada que ver con el turismo masificado del estilo Marina d’Or. Las posadas que hay para dormir son más bien hostales familiares que hoteles de esos que tanto beneficio dan construidos en el lugar adecuado. Chuao mantiene su esencia, y el extraño es el turista. En todo el puente no vi ningún ‘guiri’, todos los temporadistas eran venezolanos.

Y para allá fuimos este puente de mayo, a Chuao. El plan estaba claro: acampada bajo las palmeras, a diez metros de las olas. Para desconectar, en un pueblo en el que por supuesto tampoco hay cobertura, el plan no hubiera podido ser mejor. El viaje, entre la carretera y el peñero cargados como burros que íbamos con la guitarra, mochilas, carpas (tiendas), nevera, comida, bebida, y pelota para echar unos toques, mejor olvidarlo. Eso sí, todo hizo su servicio. Pero Chuao no se queda únicamente en la playa. Tres kilómetros tierra adentro está el pueblo propiamente dicho. Hasta allí sí que hay una carretera de tierra que serpentea entre árboles monumentales y campos de cacao. De vez en cuando algún coche o alguna moto pasan. Ambos vehículos, en su día, fueron trasladados vía marítima hasta allí. La acampada en la playa, con la única luz de nuestras velas y de las escasas luces del puerto de Chuao, mirando las estrellas con el sonido sempiterno de fondo de las olas rompiendo en la costa… uno puede llegar a pensar que la vida del becario en Venezuela es muy dura.

Uno de los días aprovechamos que estábamos allá para visitar el Chorrerón. Desde el pueblo de Chuao, tras dos horas de caminata por la selva, remontando el río que pasa por el pueblo y desemboca en el mar, se llega al Chorrerón. El Chorrerón es una caída de agua natural enorme, que forma una poza en la que uno se puede bañar tranquilamente.  La subida es recomendable hacerla con un guía del pueblo. Nuestro guía fue el señor José Elías. Pese a tener cincuenta años, el señor José no levanta más de metro cincuenta del suelo. Una malformación le impide caminar con normalidad, pese a que nunca hay que dejarse engañar por las apariencias. Cuando le pedimos que nos llevara, aconsejados por los lugareños que tomaban cerveza a las doce de la mañana en la licorería del pueblo, se mostró encantado. “Corriendo”, fue a su casa a por el machete de turno, por si aparecía alguna serpiente, y marchamos. Él, con el bañador y el machete, descalzo. Nosotros con todo el equipo que se le supone a un turista. Nos hizo parar en otra licorería, se bebió dos cervezas mientras nosotros sorbíamos la primera, y nos invitó a seguirle. La primera vez que el señor José subió al Chorrerón tenía diez años, a razón de dos o tres viajes por semana, durante cuarenta años, podría considerarse un experto. Vuela a través de las veredas, y se hace imposible seguirle el ritmo. La caminata transcurre con cruces continuos del río, hacia arriba. Hay pasos en los que el agua te llega más arriba de la cintura. De vez en cuando hay algún campo de maíz, yuca o caraotas. Pero se hace ameno, porque el señor José responde a todas tus preguntas, amable, aunque cuesta entenderle las respuestas. Obviamente el español del habitante de un pueblo perdido en Venezuela dista mucho del de la Real Academia. También hay árboles rectos y altos como cualquier edificio medio del Eixample. Y así se nos apareció el Chorrerón. Imponente.

De bajada del Chorrerón compramos las respectivas panelas de cacao en el pueblo, para hacer algún día una chocolatada. También pudimos comer una catalana. Sí, en Venezuela la catalana es un pescado rosáceo de dos palmos, con una carne blanca exquisita. El pescado en sí no puede ser más fresco, ya que las barcas llegan cada día puntualmente al puerto. La pesca es artesanal, y el mar se muestra generoso con los peces. Las barquitas aparcan en el mismo río que desemboca en el mar, amarradas con cuerdas a las palmeras. En el apartado culinario, junto a la catalana, también hay que destacar las empanadas de calamar.

Uno de los bares donde comimos, llámale bar llámale cobertizo de bambú, estaba adornado con varios pósters de Chávez, como pasa en la mayoría de negocios y casas de Chuao. A nivel político se podría considerar que todo el pueblo de Chuao es chavista. Las camisetas y gorras rojas con mensajes de apoyo al presidente son abundantes. El Gobierno, como ha hecho en muchos lugares del país, hizo un censo de los habitantes de Chuao, históricamente olvidados. A las familias que vivían en chabolas, si querían, les concedió una vivienda nueva a pagar con un crédito muy rentable. Las casas están en marcha y bien visibles, y aunque son de puro ladrillo y cemento, es más de lo que tiene mucha gente en Venezuela. Además, el Gobierno también ha concedido microcréditos a esa gente para poner en marcha negocios o potenciar los que ya existen. Toda la asistencia técnica es gratuita. El señor José me contó que el pueblo, que depende de otra alcaldía, se reúne en asambleas generales cada semana, con la participación comunitaria de los vecinos, para tratar todos los temas de su interés. Chuao tiene un gran potencial turístico, es evidente, y los cartelones publicitarios de las obras del chavismo en la entrada del pueblo dan a entender que en buena parte lo arreglado que está el pueblo responde a eso. La nueva conciencia socialista no sé si habrá impregnado a los lugareños, pero está claro también que los billetes pueden forjar a grandes chavistas. Acá la llaman la boliburguesía.

Hay un problema en Chuao: los mosquitos. Durmiendo en carpa, por la noche, literalmente te acribillan. Lo del repelente es igual, comprobado. Encima éstos son pequeños, indetectables, y especialmente eficaces en colarse dentro de la tienda para luego ponerse las botas. Otro día hablaremos de ese odioso insecto. mm

Maig 6, 2008 Publicat per exiliats | General, Venezuela | | 2 Comentaris