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Un día de playa

Playa Grande, Choroní (Venezuela), 16 junio.- Cuando el ministro del Interior de Venezuela, Ramón Rodríguez Chacín, aparece en televisión para ofrecer datos de los accidentes que se producen en el país durante los “periodos vacacionales”, acostumbra a aportar cifras de los muertos en accidente de carretera, por un lado, pero también  del número de ahogados.

Y es que en Venezuela, con tantos kilómetros de costa, con el bajo número de socorristas o salvavidas que los vigilan, con las olas que a veces hay, y con la afición de algunos venezolanos a llevar neveras llenas de cerveza cuando van a la playa para bañarse completamente ebrios; las muertes por ahogo son algo habitual. Un ejemplo: durante la Semana Santa pasada murieron ocho personas ahogadas en la playa. Cabe decir que no creo que los funcionarios adscritos al ministerio del Interior consignen todas las muertes que hay en las playas venezolanas, no solo por una cuestión de ineficiencia, sino también porque es imposible controlar la orografía costera con las infraestructuras existentes.

El pasado fin de semana, gracias a una nueva escapada a Choroní, aprendí un poco más sobre el tema. El pasado fin de semana había mar de fondo. Olas de más de tres metros rompían contra el banco de arena de la bahía de Playa Grande, a unos veinte metros de la costa. Eso posibilitaba el baño, cosa de agradecer si tenemos en cuenta el sol de justicia que iluminaba la escena. Pero el Caribe es traicionero en un día así, y las corrientes submarinas y las olas tienen mucha más fuerza de la que se le presupone, máxime si el que está en la playa y quiere bañarse lleva un buen número de cervezas encima.  El aire mecía las palmeras y las sombrillas refugiaban de los rayos de sol a los bañistas. “Cerveeeesa frejca, cervesiiiita fría”, “Levantacolchones, eeeel levantacolchones” y demás gritos del resto de vendedores que pasean playa arriba y playa a bajo, ofreciendo todo tipo de comida, artesanía y bebida, completaban la mañana del domingo. Los bañistas jugaban con la arena, se bañaban, tomaban, y solo el pitido intermitente del socorrista cambiaba la escena. El mar escupió un pescado muerto de más de cuatro kilos a la arena, y todos se arremolinaron a su alrededor, a ver qué pasaba.

Choroní es pueblo turístico donde es habitual ver algún europeo, si bien son una minoría poco destacable. La playa de Choroní, Playa Grande, está vigilada por un socorrista. El extranjero sabe que él es el socorrista no por su bañador, su camiseta, su gorra, sus lentes de sol, o porque esté sentado en un puesto de vigilancia, sino porque lleva el típico salvavidas naranja, porque se pasea por el litoral, y porque a cada poco hace sonar su silbato para advertir a alguna persona alejada que está demasiado metida en el mar. Uno de los franceses que estaba con nosotros aseguró haberle visto con una cerveza en la mano a las 12 de la mañana. Yo me lo creo.

En una de sus ráfagas de silbato, vimos como una chica joven parecía tener problemas para salir del agua. Al principio no le dimos importancia, porque lo del silbato se repite bastante a lo largo de la jornada, pero en esa ocasión efectivamente alguien lo estaba pasando mal. Otro de los franceses, que estaba cerca de la chica, la salvó en un primer momento de morir ahogada. El socorrista ya estaba dentro del mar, pero el trecho hasta ella era verdaderamente largo, y el mar picado hacía difícil avanzar. El agua no cubre mucho, pero el terreno es irregular. Hadryen, el francés, se la entregó al socorrista, y éste fue el que la acabó de sacar, manoseándole ostensiblemente un pecho –no es broma−. La dejó sentada en la arena y se fue sin intercambiar ninguna palabra con ella. Se volvió a colocar su gorra y sus gafas, y se alejó a seguir advirtiendo a bañistas despistados que andaban demasiado lejos. Los amigos de la chica la recibieron, algunos con su cerveza en la mano, notoriamente borrachos, y en un primer momento rieron por las circunstancias. Al ver que el asunto era serio, y que la chica realmente lo había pasado mal, su novio la abrazó y se la llevó lejos de las miradas de los bañistas cercanos. La chica lloraba.

Los franceses que conozco, gente que en algunos casos lleva más de un año por aquí, me explicaron anécdotas relacionadas con los ahogos. Son gente que acostumbra a salir de Caracas cada fin de semana, normalmente a la playa, y por tanto son una fuente mínimamente acreditada en la materia.

Me contaron que en el pueblo de al lado, Chuao, al que solo es posible llegar vía marítima, celebran anualmente una fiesta preciosa. Los pescadores llevan hasta la costa a las estatuas de las vírgenes del pueblo, y todos los habitantes se vuelcan en el acto religioso. Un francés estuvo en la misa, y me contó que el sacerdote, a lo largo de la ceremonia, pidió a los feligreses un recuerdo especial por los pescadores del pueblo que habían muerto en los últimos dos meses: catorce. Si tenemos en cuenta que Chuao tiene mil habitantes la cifra es bastante elevada. Olivier, aficionado a la natación, me contó que eso de los rescates de gente a punto de ahogarse era algo que ya había vivido. Al parecer, después de la ceremonia religiosa, los lugareños acostumbran a tocar desenfrenados ritmos de tambor hasta bien entrada la noche, a la luz de las hogueras, mientras se agarran tremendas ‘peas’.

Durante ese fin de semana los franceses que estuvieron en Chuao sacaron del agua a dos personas con dificultades para volver a la costa. El primero fue un señor mayor que posiblemente se había lanzado desde una barca estando ‘rascao’ y se encontraba mar adentro con sus tejanos y sus zapatillas. La segunda fue una señora bien entrada en carnes que, según dijo Hadryen, se abrazaba histérica a su socorrista dificultando mucho la labor del salvavidas. Al conseguir sacarla, Hadryen observó atónito como todavía tenía agarrada en una mano la botella de guarapita −aguardiente andino con jugo de limón, parchita o mandarina−. A pesar de estar a punto de ahogarse, mantuvo en la mano durante todo el rescate su bebida. mmm.

Juny 18, 2008 - Publicat per exiliats | General, Venezuela | | 3 Comentaris

3 Comentaris »

  1. Lamento haver de corregir-te Mario en un tema de capital importància: la guarapita.
    Gràcies al gran llibre que vaig adquirir a l’aeroport de La Havana per desfer-me de la seva pèssima moneda, un títol capital i fonamental pel bon vivant, “100 recetas con ron”, conec la història de la guarapita, ben llunyana als Andes.
    La guarapita, guarapo o guarapazo va nèixer a Cuba i va ser extreta de la canya pels esclaus africans yoruba que volien obtenir a les Ameriques un liquor similar a la “garapa” angolenya i congolenya, feta a base de iuca i blat de moro fermentats. Casualment la paraula “garapa” ve de “jarabe” i la van adoptar els negres en escoltar als espanyols dir coses com “es un deliciosos xarabe”. Els espanyols, en interpretar malament com deien els negres “garapa” van concloure que es pronunciava “guarapo”.
    Hi ha coses importants a les que no dones importància Mario, fes-t’ho mirar.
    Ejem

    Comentari per Seilor | Juny 25, 2008 | Respon

  2. Jajajaja, grandeeee Seilord!! Els veneçolans no en saben doncs. Quans ens veiem fem les dues a veure què tal!!
    Màrius

    Comentari per exiliats | Juny 25, 2008 | Respon

  3. Llegit!

    Comentari per Ramon Capdevila | Juny 26, 2008 | Respon


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