El Ávila y Knoche
Caracas, 5 agosto.- Hay multitud de historias referentes a la montaña del Ávila en las que la leyenda y el mito se entremezclan. La montaña mágica de Caracas, o si se prefiere Parque Nacional Waraira Repano, dispone de multitud de senderos que se pierden en el olvido. Por ejemplo el “camino de los españoles”, por donde se supone que llegaron al valle de Caracas los primeros colonizadores. Hay pueblitos que viven la mayor parte del año sumidos en la niebla, y la espesa vegetación engulle y borra cualquier pista de acontecimientos pasados. Así es el Ávila, la frontera natural de más de 2.000 metros de altura que separa la gran Caracas del Mar Caribe. Imponente, como atestiguan los deslaves que causaron decenas de miles de muertos de los pobladores de sus faldas a finales de los 90. Allí vivió también, décadas atrás, el médico alemán Gootfried Knoche, más conocido como el Frankenstein venezolano.
Knoche (1813-1901) llegó a Caracas con su esposa y sus hijos en 1843. Se instaló como médico de la colonia alemana en La Guaira, el puerto marítimo de Caracas. Llegó a dirigir el Hospital San Juan de Dios de esa localidad, pero su verdadera vocación no era la medicina al estilo tradicional. Knoche pasó a la historia, o a la leyenda, por momificar los cuerpos de decenas de difuntos sin la necesidad previa de extraer sus vísceras. Al parecer inyectaba en la yugular de los cadáveres una fórmula con una alta concentración de cloruro amónico, lo que ocasionaba su momificación. En el Ávila construyó su hacienda y su mausoleo, a más de una hora a pie de cualquier núcleo habitado. La historia y el mito se mezclan, pero más o menos parece comprobado que entre sus clientes también hubo ilustres de la época, como un presidente venezolano o el periodista y político Tomás Lander. Dicen que la momia de Lander estuvo sentada por cuatro décadas en el despacho de su casa, hasta que el presidente Guzmán Blanco ordenó su cristiano entierro en el Panteón Nacional. En el Ávila ya casi nada queda de lo que en su día fue el fundo del acaudalado alemán, tan solo el mausoleo que conserva en su interior los seis nichos de piedra en los que estuvieron tanto Knoche como alguno de sus familiares y personal de la hacienda. Fotos de la época atestiguan que la momia del soldado José Pérez y la de un perro pastor alemán vigilaban permanentemente la entrada al mausoleo.
La truculenta historia bien valía un reportaje, y a su vez supuso la excusa perfecta para pasear por el Ávila, en una clara reminiscencia de los tiempos de mochilero en los Pirineos. En la montaña de San José de Galipán, después de dos horas caminando por una ‘trocha’ en la que a ratos se hace necesario el uso del machete para abrirse camino, se encuentran la evidencia de que Knoche tuvo algo de real. Las ceibas aparecen diseminadas por el camino. Es fácil identificarlas por las espinas que tienen a lo largo de todo el tronco y de sus ramas. La ceiba es el árbol en que Boves ‘el urogallo’ colgaba a sus enemigos durante la Guerra de la Independencia entre realistas y patriotas (¡qué gran libro!). Orquídeas de colores a priori imposibles, el olor penetrante de los mangos pudriéndose en el suelo, mariposas tan grandes como una mano, un ‘insecto palo’ de esos que coleccionaba en los cromos de flora y fauna mundial pero en directo, o ranas alejadas de cualquier charca te hacen sentir realmente en otro continente.
También recogimos “pepas ‘e samuro” (semillas de zamuro) de su vaina urticante. Nos contaron que los chamanes las utilizan en sus conjuros y que hace años incluso era un símbolo de herejía. Esa semilla en El Salvador se llama “ojo de buey”, y en realidad lo parece. Hoy en día es un elemento básico para la artesanía de la región. El asombro es constante, a cada nueva subida, en cada nuevo recodo. La última es descubrir la fruta de la “pomarosa”, pequeña, verde y redonda. Se llama así porque se parece a una manzana (“poma”, como manzana en catalán) pero a su vez sabe a rosa. Cierto.
Nada se sabe de los descendientes de Knoche. Tampoco se conoce donde está su cuerpo. Algunas versiones dicen que cuando se estrenó Drácula en el país los lugareños quemaron sus restos por el miedo que les infundía su figura. Otras versiones aseguran que el Gobierno de entonces lo enterró en una fosa común ante el evidente deterioro y saqueos que sufría su antigua hacienda, ya deshabitada. En todo caso la niebla que rodea el mausoleo, construido sobre la roca viva, potencia el halo de misterio en torno a la historia de Knoche. La selva, con sus ruidos y su vida, amenazan con engullir lo poco que queda. Bajo la vegetación se observa el piso de baldosas que alguna vez fue casa, los muros de piedras atestiguan que allá hubo bancales que se cultivaron, una columna en pie con un arabesco labrado constatan que sí, que alguien vivió allá. Y nos vamos, quedando otra vez solo aquel paraje, a la espera que alguien acuda a visitarlo nuevamente o a que la selva decida terminar su trabajo. mmm.
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Mario,
També m’ha agradat molt aquesta història. De fet, m’agrada saber coses. Però… a tu… aquestes coses, qui te les explica??
Malgrat tot, aquests dies puc tardar una mica més en llegir els teus posts. perquè, en temps de crisi (i gràcies a Déu) segueixo tenint muntanyes i més muntanyes de feina.
Fins la propera,
Ramon (curiós)
Comentari per Ramon Capdevila | Agost 11, 2008 |
Mario,
Deus estar de vacances. Me n’alegro per partida doble, per tu, i perquè jo que ja torno a tenir uns minuts de temps lliure a la setmana no m’he perdut cap dels teus posts.
Ramon
Comentari per Ramon Capdevila | Agost 24, 2008 |
Ramon! He tornat! jeje, malhauradament, és clar, perquè s’està molt millor de vacances. Una abraçada i fins ben aviat!
Màrius
Comentari per exiliats | Agost 27, 2008 |