Caraqueando
Caracas, 23 octubre.- Son ya más de diez meses. A estas alturas, siento que la ciudad de Caracas es también mi ciudad, y Barcelona se me presenta como un recuerdo difuminado. Mis padres me cuentan que desde el balcón de su casa se ve el agujero que están haciendo para meter la tuneladora de las vías del AVE, pero aún así se me hace distante. Caminando por las calles de Caracas ya no eres el extraño del principio. Intercambias saludos con el del quiosco, con los vecinos… hasta descubres los cambios que se hacen en las aceras y te encuentras con conocidos en el metro.
La época lluviosa toca a su fin, lo que no impide que durante la semana pasada los coletazos del último huracán en el Caribe trajeran hasta aquí fantásticas tormentas interminables. Llovió en una semana lo que posiblemente no llueva en Barcelona en medio año. Sí, todavía llueve cada día a pesar de que a ratos haga un sol de justicia. El sol y la lluvia, alternados, hacen que Caracas y sus alrededores estén más verdes que nunca. La autopista al aeropuerto, el Ávila, los parques… todo está más verde, y brilla con una luz especial. Algunos árboles pierden las hojas, pero no les da tiempo a quedarse pelados porque en el transcurso de su muda ya tienen follaje nuevo. Estos días, además, todo está empapelado con la propaganda política de cara a las elecciones municipales y regionales del próximo 23 de noviembre.
Y sí, mientras escribo esto los carros aprietan el claxon hasta morir, creando una sinfonía desagradable. Otra vez una ambulancia varada en el tráfico imposible se ahoga en su sirena, mientras suplica un espacio para salir del embotellamiento, a pesar de que es posible que tarde una hora en recorrer tres manzanas. A ratos Caracas es sucia, maloliente, ruidosa, pero aún así tiene ese encanto que le descubrí al llegar, y del que todavía no he podido desengancharme. Será la montaña, la alegría de la gente, o el eterno verano, no lo sé. Pero a dos meses de la despedida ya sé que me va a dar pena irme de aquí.
Unos vendedores informales, “buhoneros”, escapan al trote de los agentes que no le dejan estacionarse en la vía, mientras marchan riendo. La imagen dista mucho de parecerse ni tan siquiera a la de los subsaharianos de las Ramblas, cuando saben que en su huída se juegan parte de su vida. Un muchacho recorre el principio de la Cota Mil, la autopista que circunvala Caracas en las faldas del Ávila, en su bicicleta. El detalle es que lo hace sobre una rueda, si bien no da ningún pedal, puesto que avanza sujeto con su pie a un camión, que circula a sesenta kilómetros por hora. A cada poco un carro con las ventanillas bajadas muestra el último éxito del reguetón. Otro carro, este destartalado y con más de cuarenta años en su haber, lleva escrito en su parte trasera, con esa típica gracia venezolana, la frase “vigilado por satélite”.
El martes estuvimos en la rueda de prensa de “El Puma”, el mítico cantante venezolano que aunque viva en Miami viene a Caracas para iniciar una gira de celebración por sus 40 años de música. Ayer entrevistamos a la ministra de Ciencia y Tecnología, Nuris Orihuela, por el próximo lanzamiento al espacio desde China del primer satélite venezolano. Hoy estuvimos en una rueda de prensa con el ministro de Comunicación, Andrés Izarra. Se respira vida por todos lados, y en medio de todo este delicioso caos se hace muy difícil aburrirse. mmm.
Buceo en Chichi
Chichiriviche de la Costa (Venezuela), 14 octubre.- Solo dos sonidos: aspiración y espiración. La aspiración acompañada por el ruido seco que provoca el aire de la bombona al pasar por el regulador del equipo, la espiración al compás de la sintonía de las burbujas que salen disparadas hacia la superficie. Nada más. Buceo.
El pasado fin de semana estuvimos en Chichiriviche de la Costa, a unas dos horas de Caracas. Allí existen algunas operadoras donde es posible hacer el curso internacional de buceo, y allá nos dirigimos. Después de las respectivas clases teóricas y las primeras sesiones en la piscina para familiarizarse con el equipo, nos adentramos en este rincón del Mar Caribe. El descubrimiento de un nuevo mundo, donde todo es diferente, no pudo ser mejor.
Bucear es ingravidez. Las percepciones normales se alteran, y todo parece más cercano y más grande. En el fondo, a 18 metros de la superficie, el mar se presenta en toda su magnificencia, con el sol arriba de todo, difuminado y más lejano que nunca. Solo dos sonidos y la imposibilidad de hablar guían la inmersión, mientras todo lo que ves a tu alrededor resulta alucinante, como si uno se encontrara por un rato en otro mundo.
La riqueza animal y vegetal del Mar Caribe es demencial. Gracias a la guía de nuestro instructor pudimos ver cosas con las que ni tan siquiera soñé alguna vez. Un banco de veces enorme se mueve a tu alrededor, moviéndose como un todo a cada nuevo embate de las olas y las corrientes. Su lomo plateado cambia en décimas de segundo a una tonalidad más oscura, para con un nuevo giro volver a deslumbrar como si de peces de plata se tratara. Bajo una roca, una morena asoma la cabeza, esperando que llegue la noche para deslizarse fuera de su nido a cazar alguna presa. Un ángel francés, grande, negro, con motas amarillas, se pasea parsimonioso pellizcando las algas de las rocas. Un grupo de peces cirujanos, de un azul imposible, con sus dos puntos amarillos en la cola completa la escena.
Repetidas inmersiones descubren más maravillas. Entre dos rocas un pulpo se camufla y se aprieta en su grieta para no ser molestado. Cangrejos araña, camarones pistoleros, peces trompeta, rabirubios… y mil especies más hacen que sea imposible salir del asombro. Nadando al lado de las rocas, los gusanos plumero, que tienen su boca desplegada como si se tratara de plantas para captar el plancton de las ricas aguas, se esconden rápidos. En el fondo, una raya del color pardo de la tierra, se mueve reptando. Un enorme pez globo se muestra desinflado, confiado, a la espera de una ocasión más peligrosa en la que precise inflarse y mostrar sus púas para escapar. Un caballito de mar se aferra con la cola a la roca para tratar de pasar inadvertido. Nada escapa a los ojos del instructor, que con más de 2.500 inmersiones en su haber nos enseña a respetar un ecosistema tan singular.
En Chichiriviche de la Costa también hay un monumento submarino. Se trata de la flauta de Neptuno, colocada a 14 metros de profundidad en honor al buzo Carlos Dinar, muerto en 2003. Al parecer unos pescadores borrachos perdieron el motor de su barca, y después le ofrecieron una importante suma de dinero a Dinar para que lo recuperara. Éste bajo con otro compañero a buscarlo. Los dos se quedaron sin aire a 100 metros de profundidad.
De vuelta a la superficie, se vuelve al mundo real otra vez. Los pescadores se apremian para llenar sus redes antes de la puesta de sol. El mar es generoso en Venezuela. Varias gaviotas nos sobrevuelan, y después de lanzarse en picado se vuelven a elevar con un pez en el pico. Atardece, y es momento de salir del agua. El mar, impasible, continúa con su infinito vaivén. La sensación de estar aquí, otra vez, sobrepasa la capacidad de expresarse con palabras. mmm.
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