Santiago de Chile, 13 ago.- Dicen las malas lenguas en Chile que los de EFE somos gafes. Quizás tengan razón. Hace unos pocos meses un carabinero descerebrado casi deja sin ojo a uno de nuestros fotógrafos. Otro compañero tuvo que ser operado de urgencia y estuvo casi tres semanas fuera de combate. Unas semanas atrás a otro periodista le mangaron un ordenador portátil de la agencia. Eso sí, era un Toshiba de esos del año de la Quica, de cinco kilos de peso y unas dimensiones estratosféricas.
Y ayer por la noche, la palma. Unos ladronzuelos nos desvalijaron la oficina. Tal y como lo digo. Aprovecharon la poca resistencia que opuso la vieja y maltrecha puerta de entrada, situaron una camioneta dentro del aparcamiento y se dedicaron a llenarla con nuestro material de oficina. Resultado: doce ordenadores mangados, dos cámaras de vídeo y una de fotos. En cifras, unos 15 millones de pesos, casi 20.000 euros en material informático. Y eso es el daño que se puede calcular, porque hay que sumarle fotos, documentos e información de todo tipo que había en los ordenadores y cuyo valor es difícil de determinar. Total, que hoy ya me avisaron del percal y cuando llegué a la oficina me encontré con mis compañeros sentados alrededor de la mesa de la cocina, con cara de tontos, y con la policía científica, al más puro estilo CSI, buscando pruebas que delataran a los culpables. Pero, a diferencia de la serie, no han encontrado un pelo que los haya llevado a los ladrones.
Afortunadamente, parece que el seguro pagará los nuevos equipos y todo lo que nos han robado. Y, como suele decirse, al mal tiempo buena cara: estamos todos bien y llegarán ordenadores nuevos.
Santiago de Chile, 30 jun .- Como amante del fútbol ayer tenía una cita obligada con la final de la Eurocopa. Pese a que nunca he seguido con fervor las andanzas de la selección española -que dicho sea de paso, nunca había hecho nada de bueno-, debo confesar que el grupo que disputó el torneo en Austria y Suiza consiguió despertar en mi una cierta simpatía. Lo he visto como un grupo de chavales jóvenes con buen gusto para el fútbol, despojado de la caspa y de la dictadura de Raúl que imperaba años atrás. El tratamiento por parte de los medios de comunicación ya es otra cosa.
Así que tenía dos opciones. La primera, verlo en casa tranquilamente por la televisión aprovechando que lo emitían en abierto por un canal chileno. La segunda, juntarme con el grupo de españoles que conozco para verlo en el Centro Cultural de España junto a otros miembros de la parroquia española. Mis fuentes me habían informado que en el Centro Cultural, dependiente de la embajada española, ofrecían jamón serrano. Tras medio año en Chile, se extrañan muchas cosas. El jamoncito es una de ellas. En consecuencia, guiado por mi paladar, opté por ver el partido con la comunidad española y tirarme a por las lonchas de jamón cual depredador se abalanza sobre su presa.
En el Centro Cultural varias decenas de personas, en su mayoría españolas, disfrutaba del partido. Aplausos, cánticos, “uiiiiis” en las ocasiones de España y alguna que otra bandera o camiseta con el toro de Osborne. En primera fila, el embajador español con una camiseta de la “roja” exclusiva en la que en el dorsal rezaba: EMBAJADOR.
Tras los primeros 45 minutos, llegó el ‘momento jamón’. Salí lanzado hacia el jardín, donde había unas mesas instaladas en las que yo esperaba encontrar el preciado manjar. Observé: zumito, refrescos y, obviamente, vino tinto. Vale. Vamos a por algo sólido. Bandejas con pequeños bocadillos y cinco o seis tipos de canapés. Ni rastro del jamón. ¿Qué coño pasa? ¿Dónde está mi jamón? ¿Porque en el partido de cuartos y la semifinal hubo jamón y en la gran final no? Superado el desconcierto y la frustración inicial, decidí empezar a zampar canapés, eran las 15.30 y aún no había comido nada.
Con el estómago semi-vacío, afronté la segunda parte, animado y divertido por los comentarios de dos amigos sevillanos, unos cachondos. Al final, éxtasis en el Centro Cultural de España en Santiago de Chile y una imagen que no olvidaré. El jefe de policía de la Embajada -un Policía Nacional afincado en Chile que se ocupa de la seguridad del embajador- subió al escenario donde había la pantalla gigante, junto al embajador. Éste, pronunció unas palabras. Después, el jefe de policía, se desabrochó el cinturón, seguidamente los botones del pantalón y, ante el estupor del público presente, se bajó los pantalones y mostró unos calzoncillos -estilo boxer- con los colores de la bandera española. Asomando la cabeza encima la rojigualda, una trabajada panza cervezera que el sujeto ondeó con total deshinibición ante los eufóricos y atónitos -yo, por lo menos- asistentes. Espectacular. El broche de oro a una tarde de fútbol y a una gran actuación de los chicos de Luis, a los que pronostico un brillante futuro. gs
Santiago de Chile, 22 may.- Ayer a las siete de la mañana partía de nuevo hacia Valparaíso, esta vez para cubrir con la cámara de vídeo las protestas del 21 de mayo, fecha conmemorativa de la batalla naval de Iquique. Partí junto a los compañeros fotógrafos de la agencia. Sabía que habría cargas policiales. Que respiraría gas lacrimógeno. Que los carros lanza agua me mojarían. Y así fue. Lo que no esperaba es que un carabinero fuera capaz de pegar con una fusta metálica a un fotógrafo. Y así fue también. La víctima de la cobarde agresión fue Víctor Salas, fotógrafo de Efe.
El carabinero, montado a caballo, golpeó a Víctor con una fusta de punta metálica en la cara, hiriéndolo gravemente en su ojo derecho. Una vez más, la violencia de los ‘pacos’ se cebó con los que solamente hacen su trabajo. Una agresión salvaje que ha tenido una amplia repercusión en Chile y que ha generado una ola de solidaridad entre colegas periodistas y gráficos.
La actuación de carabineros en las marchas y protestas ha levantado numerosas críticas. Actúan con una violencia desmedida, reventando actos pacíficos con una dureza fuera de lo común. Esa actitud fascista y represora quedó ayer en evidencia de nuevo. Lanzaron agua con gas lacrimógeno a manifestantes que se encontraban tranquilamente en un plaza gritando consignas contra el Gobierno, sin generar altercados de ningún tipo. ¿No se puede protestar en este país? ¿Realmente son los Carabineros la institución en que más confían los chilenos, tal y como apunté en un post anterior? A mi, desde luego, no me inspiran la más mínima confianza.
La agresión a Víctor fue totalmente premeditada. Estaba tomando fotos mientras unos carabineros montados dispersaban a palos a unos manifestantes. El ‘paco’ lo vio, supo claramente que era fotógrafo, y cuando Víctor bajó la cámara y le dijo que vale, que ya estaba, que ya se iba, inesperadamente cayó el latigazo. Como su aún estuviéramos en la dictadura, -muchos de ellos quizás no se han enterado de que la democracia llegó a Chile- al tipo no le importó golpear vilmente a los ojos a un fotógrafo; si alguien cree que el carabinero debe estar arrepentido, se equivoca.
Dentro de media hora asistiré a un acto de protesta delante de la central de Carabineros en Santiago, en la que se exigirá una investigación y que el agresor pague por la cobarde acción. Sabemos que Carabineros tratará de limpiarse las manos, probablemente argumentará que Víctor fue herido por un proyectil lanzado por algún manifestante. Confío en que no se salgan con la suya.
Valparaíso (Chile), 14 may.- Es conocido por todos, guste o no, que Estados Unidos es la más poderosa superpotencia militar mundial. Hoy me ofrecieron una pequeña demostración a nivel particular por si no me había quedado suficientemente claro. Hice un viaje relámpago a Valparaíso, concretamente al muelle de la Armada de Valparaíso. ¿El motivo? El portaaviones estadounidense George Washington había llegado a la ciudad y la embajada de EEUU, muy amablemente, había preparado una visita para enseñarnos a los periodistas lo machos y lo poderosos que son.
Unas lanchas nos trasladaron del muelle hasta el portaaviones, que a causa de su tamaño y por seguridad, permanece varado en la bahía de Valparaíso. Estamos hablando de un bicho de más de 300 metros de largo, unos ochenta de ancho, en el que viajan más de 4.000 tripulantes, entre marines y oficiales.
Al llegar, caras de curiosidad de los marines, algunos muy jovencitos y otros más veteranos. Todos con el pelo bien cortito, algunos con las patillas recortadas -¡qué horror!- y con sus uniformes con la banderita de las rayas y las estrellas.
No han perdido la oportunidad de subirnos a la pista de aterrizaje de cubierta para enseñarnos a los ‘niños’ de la casa: los aviones de combate. Un total de 35 aparatitos, entre helicópteros, F-18 y otros modelos preparados para la guerra y a los que no me gustaría enfrentarme. Un teniente del grupo de combate nos ha explicado que el buque está realizando ejercicios y pruebas con la Armada chilena y que está preparado para misiones como la lucha contra el narcotráfico o, cómo no, la búsqueda de armas de destrucción masiva. Tenían que aparecer. Sólo espero que tengan más exito que en Irak.
Debo confesar que pese al tonillo anti gringo de este post, la visita no me ha disgustado, no cada día tiene uno la oportunidad de subir a este tipo de embarcaciones. Ahora los marines -también existen “las” marines, pero son muy minoritarias- tendrán cuatro días para disfrutar de Valparaíso en su tiempo libre. Se comenta que se han desplazado hasta la ciudad costanera autocares repletos de prostitutas para saciar la sed de los bravos patriotas gringos. Claro, tanto tiempo encerrados en un barco parando “sólo” en el Caribe, Brasil y Argentina… pobrecitos, qué vida más dura.
Santiago de Chile, 7 may.- Hay experiencias que sólo se viven una vez en la vida. Me encanta el fútbol, pero estaremos de acuerdo en que es algo bastane trivial, un negocio que año tras año pierde encanto y que de vez en cuando nos deja momentos memorables. Yo viví uno de estos preciados momentos el domingo pasado en Buenos Aires, cuando asistí al partido entre Boca Juniors y River Plate en La Bombonera.
Fue toda una aventura. Nos lo jugamos todo a una carta y un rato antes del inicio del partido nos presentamos a los alrededores del estadio, dispuestos a escuchar ofertas por unas entradas de reventa. Pronto sucedió. Intuyo que eran miembros de la barra de Boca, y nos dejaron claro que no quedaban entradas disponibles; si más no entradas como las entendemos en Europa: un papelito con un asiento asignado. Por 200 pesos argentinos -unos 40 euros-, nos ofrecieron “entrar” en el estadio sin entrada, detrás de las porterías donde hay bancos y no asientos. Y donde está La Doce, la barra brava de Boca Juniors. Primero nos chocó un poco, pero pronto lo comprendí todo. Nos estaban ofreciendo colarnos en el estadio con la connivencia de la policía bonaerense. Aceptamos y pagamos. Lo que vino a continuación fue un cúmulo de esperas y carreras por fuera del estadio. Éramos un grupo de 21 personas en la misma situación, siguiendo al tipo que nos debía entrar a la cancha cúal niños siguiendo a la profesora en el colegio. Llegamos a una puerta.
Tras conversar con alguien en el control de seguridad, nuestro contacto dice que allí no nos dejan pasar. Volvemos atrás. Esperamos. Caminatas arriba y abajo. Confieso que llegué a temer quedarme fuera y, de rebote, perder la pasta. Por eso íbamos todos pegados y sin perder de vista a nuestro contacto. De repente nos dicen que entramos y empezamos a correr detrás del tipo. Entre gritos y empujones, pasamos dos controles y estamos dentro. El partido estaba a punto de empezar, nos habíamos perdido la salida de los jugadores pero me daba igual. Estaba en La Bombonera el día del clásico argentino y no me lo podía creer. El ruido atronador de los cánticos y la melodía de las trompetas y trombones me devolvió a la realidad. Nos hicimos un hueco al final de la segunda gradería, junto a La Doce, que ocupaba toda la grada detrás de una portería. Allí empezó la fiesta, porque fútbol hubo más bien poco. Los hinchas a nuestro alrededor saltaban, cantaban y agitaban la mano con ese gesto argentino tan característico. El mítico grito “dale Bo” retumbaba a diestro y siniestro. Algunos aficionados se pasaron medio partido dando la espalda a la cancha, más preocupados en animar a la gente a cantar que en el partido en sí.
Impresionante ambientazo. No conozco el ambiente de los estadios en Europa pero, por lo que se comenta, intuyo que sólo un partido en Anfield Road, cancha del Liverpool, puede parecerse a eso. Desde luego, en España ese ambiente no se da ni de coña. Fue la guinda de la estupenda visita a Buenos Aires.
Aquí os dejo una muestra. En este caso, una imagen vale más que mil palabras.
Ayer asistí a una manifestación. Los que me conocen saben que no suelo prodigarme en este tipo de eventos, pero la protesta de ayer lo merecía. Resulta que, con el voto de algunos carcamales, el Tribunal Constitucional chileno prohibió pocos días atrás la distribución gratuita en los centros públicos de la llamada “píldora del día después”. El requerimiento fue presentado por 36 diputados opositores y, evidentemente, de derechas, muy de derechas. La derecha chilena, que en España estaría al borde de la ultraderecha, sigue muy presente en la vida cotidiana y política de Chile, por mucho que la presidenta sea una mujer y, por más ende, socialista.
Cuatro trogloditas ultraconservadores miembros del Tribunal Constitucional creyeron oportuna la reclamación de los diputados derechistas, y así estamos. Ahora, la píldora del día después sólo podrá adquirirse pagando. De este modo, las clases humildes difícilmente podrán evitar embarazos no deseados, o tendrán que someterse a peligrosos abortos ilegales. Los ricos, en cambio, sólo tendrán que comprar la píldora en una farmacia y listo.
La manifestación de ayer se convocó para protestar contra el fallo del Tribunal Constitucional. Teniendo en cuenta el poco ímpetu y la obediencia de la sociedad chilena, la marcha no fue mal del todo. Unas 20.000 personas, según la prensa, principalmente mujeres, asistieron al acto. En un ambiente izquierdista y anticlerical, los manifestantes nos desplazamos hasta la Plaza de la Cultura, donde hubo un concierto.
La manifestación estuvo bien, pero no servirá para nada. Mientras la política de este país siga envenenada por cavernícolas retrógrados de la época de la dictadura, será muy difícil avanzar. Eso sí, de puertas afuera, pintemos Chile como el país más desarrollado de la región, el más seguro y el más estable. Cuánta hipocresía.
Santiago de Chile, 27 mar.- Existe el turista fetichista. Es aquel que no puede evitar llevarse algo del sitio que visita, ya sea una piedrecilla del suelo, una plantita o cualquier objeto que en su fuero interno le permita recordar que ha estado allí. Yo mismo recuerdo que cuando era pequeño fui de excursión escolar a la zona volcánica de la Garrotxa y de vuelta a casa llevaba conmigo dos pequeñas rocas volcánicas. Las dejé tiradas por mi habitación, pero cuando repentinamente aparecían ante mí, me venía a la memoria el hermoso paisaje de la Fageda d’en Jordà.
Marko Kulju, finlandés de 26 años, es un fetichista. El tipo vino a pasar unos días al fabuloso archipiélago chileno de Isla de Pascua, atraído por su cultura milenaria, sus idílicos parajes y los populares moáis, las imponentes estatuas de piedra que custodian la isla y que tallaron entre los siglos XII y XVII los rapa nui, antiguos habitantes polinesios del lugar.Al ver un moái en la playa de Anakena, el recaptador de recuerdos impulsivo que Kulju lleva dentro surgió del modo más inesperado. En vez de dirigirse a la tienda de souvenirs más próxima y comprarse una réplica en miniatura de una de las estátuas, el finlandés decidió que eso no era suficiente, necesitaba algo más. Se encaramó a la imponente figura y, al más puro estilo Miki Tyson -aunque Kulju lo hizo con las manos- mutiló una oreja del moái.
Al ser descubierto por una mujer que pasaba por allí, el sorprendido fetichista huyó campo a través, despojándose, muy a su pesar, del cacho de oreja del moái que había arrancado con sus propias manos. Como no podía ser de otra manera, poco después fue detenido por la policía. Según aseguró a la prensa un responsable policial, el finlandés señaló que “la estatua le parecía majestuosa, y que por eso quería llevarse un recuerdo a su país”.
Su furtiva afición le saldrá cara. Kulju se encuentra bajo arresto domiciliario en el hostal donde se aloja en Isla de Pascua y con orden de arraigo. Deberá esperar los trece días que dure la investigación para que se dicte la condena por infracción a la Ley de Monumentos Nacionales. Se enfrenta a una posible pena de cárcel y a una multa que puede llegar a los 8,6 millones de pesos chilenos (12.200 euros).
Mal asunto para el finlandés fetichista. Con lo fácil que era llevarse una piedrecilla del suelo, como yo hice en la Garrotxa… gs
Santiago de Chile, 28 feb.- Entre el 20 y el 25 de febrero estuve en Viña del Mar, a dos horas al oeste de Santiago, cubriendo el clásico Festival de la Canción de Viña del Mar. Se trata de un festival muy reconocido en Latinoamérica, que este año llegaba a la 49 edición y en el que actúan artistas bastante reconocidos. Este año, por ejemplo, actuaron Earth, Wind & Fire, Nelly Furtado, Peter Frampton o Chayanne. También hicieron su aparición algunos de los máximos exponentes del “reggaeton” -no olvidemos que esto es el cono sur-, como el dúo Wisin y Yandel, responsables del “gran” éxito “Noche de sexo”, o Calle 13, una interesante banda que mezcla ritmos hip hop con música latina.
Sin embargo, el festival de Viña no siempre es conocido por la calidad de sus artistas, sino por lo que significa. Durante los días del festival, todos los canales de televisión emitieron sus programas desde Viña del Mar, y todos los personajes del famoseo chileno -aquí llamado “farándula”- se pasearon por allí. En resumen, mucha silicona, glamour de pacotilla y caspa, mucha caspa en Viña.
Esto se tradujo es escenas histriónicas a más no poder. Una tarde me encontraba en la zona de prensa del hotel donde se realizaban las conferencias de prensa, trabajando en mi ordenador. Alzé la vista y ví a una chica muy “retocada”, de sinuosas curvas y con un vestido que le llegaba por encima de las rodillas. Volví mi cabeza a la pantalla y, cuando volví a levantarla, la chica en cuestión se había quedado en sujetador -que a duras penas sujetaba algo- y tanga. La niña se había despelotado en pocos minutos a dos metros de mi ¡en la sala de prensa! y no me había dado ni cuenta. Un enjambre de fotógrafos se abalanzó hacia la chica, que empezó a posar en sugerentes posturas para el deleite de los presentes. Al final me enteré de que era una de las candidatas a Reina del Festival, galardón al que se presentan varias chicas ligeritas de ropa -y de cascos- y que en el fondo no sirve para nada, más que para salir en los medios.
En lo profesional, bastante curro. Muchas ruedas de prensa, crónicas de conciertos, vídeos, crónicas de radio… y los habituales problemas técnicos que aún dificultan más la labor. Por otro lado, conocí a gente interesante, salí, aunque fuera tarde, de fiesta por ahí y debo admitir que lo pasé bien. Ya estoy de vuelta a la gran ciudad. gs
Santiago de Chile, 13 feb.- Otra de fútbol. Ayer por la tarde “debuté” en un estadio chileno. En Efe me acreditaron para el partido de clasificación para la Copa Libertadores entre Audax Italiano de Chile y Boyacá Chicó colombiano, aunque no tuve que escribir crónica, sólo vestuarios. El partido se jugó en el Estadio Monumental, cancha de Colo Colo. El tema de los estadios es curioso. En Chile hay un déficit tremendo de estadios de fútbol y, lo que parece tan habitual en Europa de que cada equipo tenga su propio estadio, en Chile es una quimera. Aquí, como Santiago concentra buena parte de los equipos de la liga, se comparten algunos estadios, pese a que tradicionalmente el Monumental ha sido el feudo de Colo Colo y el Estadio Nacional el de la “U” -Universidad de Chile-.
Entré con mi pase de prensa todo contento y pregunté dónde estaba “mi” zona. Me indicaron y salí en la grada situada encima del palco. Más arriba estaban las cabinas para las televisiones y las radios, pero estaban ocupadas y no había nada para que los medios escritos pudieran enchufar el ordenador ni ver el partido tranquilamente. Así que me senté en una silla como un aficionado más. Bueno, como uno más de los pocos que acudieron al campo… porque tirando alto habría unas 3.000 personas. Más tarde, un empleado del campo e hincha de Colo Colo me aclaró que en los buenos partidos de los “caciques” -así llaman a Colo Colo- el estadio se llena, lo que significa que llega albergar unas 35.000 personas.
El nivel futbolístico fue más bien pésimo. Los colombianos se encerraron atrás para defender el 4-3 de la ida, pero a diez minutos del final Audax marcó tras una asistencia del chileno Carlos Villanueva -ojo con este jugador, pura clase-, y selló la clasificación de Audax para la fase de grupos de la Libertadores. Todo esto a las 17 horas y con 35º al sol y unos pocos menos a la sombra. Los vendedores de refrescos y helados hicieron su agosto.
Terminado el partido, mi dirigí hacia la sala de prensa. El trabajador del estadio citado anteriormente me acompañó, porque se debe salir del estadio y andar cinco minutos bordeando el campo por un polvoroso camino de tierra. Me contó que en los partidos de Colo Colo mantienen cerrada una parte de las gradas donde están las “barras” -aficionados radicales… que aquí son “muy” radicales- una vez finalizado el partido, para que los periodistas puedan acceder tranquilos a la zona de prensa y los aficionados más calmados puedan tomar el camino de sus casas. Me confesó con tono de complicidad que en las barras hay tipos conflictivos – por lo que se ve en las noticias, más que conflictivos son delincuentes- pero que mantienen “contactos” con gente del club, y que son “domesticables”. Él mismo me dijo que conocía “al Jonatan”, el jefe de la barra, y me contó varias historias de peleas y muertos en los estadios chilenos.
La sala de prensa era un fraude, un pitorreo total y absoluto. Una pequeña sala llena de periodistas en la que hacía un calor insoportable. Llega el entrenador de Audax !fumando un cigarrillo¡ y se sienta en la mesa. Yo pensaba que la prensa estaría delante suyo y preguntarían uno a uno. Craso error. Todo el mundo de pie, sosteniendo el micro al lado del entrenador, que estaba acorralado por los periodistas. Todos preguntaban a la vez y no me enteré de nada. Termina de responder y todos corriendo hacia la salida de los vestuarios. Ni “zona mixta” ni leches. A la que salía un jugador recién duchadito, todos al bulto a preguntarle. A la que salía otro, lo mismo. Aficionados, familiares y todo el que quisiera podía estar allí.
La última imagen fue la de la salida de algunos jugadores en sus coches. Ni Ferrari, ni Porsche, ni Audi ni BMW. Sale un tipo en un Volkswagen Golf, otro en un senzillo Hyunday… y sí, ví uno con un deportivo, pero era un Toyota que en España puede llevar cualquier pringado. Así funciona el fútbol en estos parajes, señores. La profesionalidad manda. Aún así lo pasé bien. Y volveré… porque estoy acreditado para toda la liga y yo no me pierdo el Colo Colo- Universidad de Chile.
Se presentaba el fin de semana con un partidazo en la liga española, Sevilla-Barça. Y decidí que lo más conveniente era verlo en directo sí o sí y, a poder ser, acompañado por algún otro culé. Era una decisión irrefutable, dado el momento vivido en uno de los últimos partidos del Barça, en la Copa del Rey contra el Vilareal. Ese día, dado que lo daban en una televisión chilena y en abierto, decidí mirarlo en casa. Compré una cervecita y me senté emocionado ante el sofá de mi piso para ver el choque. Cuando Henry marcó el primer y único gol de la tarde (noche en España), pegué un salto del sofá y grité “¡Goooool!” como un loco mientras me paseaba en pleno delirio por el comedor. Al cabo de unos segundos analizé la situación. Estaba solo mirando un partido del Barça -no en algun bar con mis amiguetes-, gritando por la tarde en un tranquilo departamento de Santiago y además no podía comentar el gol ni las jugadas con nadie. Treinta segundos después del gol, me senté de nuevo con una sensación extraña.
Asi que este sábado decidí, por fin, ir a la peña barcelonista de Santiago. La cosa prometía. Para empezar, el punto de encuentro era el bar De la Ostia, en la acomodada zona de Providencia, y regentado por un joven catalán llamado Edgar. Poco a poco la gente fue llegando, con lo que llegamos a ser un total de 16 personas. Buena parte catalanes, aunque también algún que otro chileno con sangre blaugrana en las venas. Y es que, ver a un chileno pedir un “entrepà de pa amb tomàquet i pernil” no tiene desperdicio. A mi me apodaron “el de la Agencia Efe”, y varias personas me preguntaron diferentes cosas, como si yo tuviera respuesta para todas las dudas e interrogantes. Entre los catalanes que corrían por allí conocí historias curiosas. Enric, el presidente de la peña, por ejemplo, es un empresario que vino a Chile para quince días…y ya lleva aquí 16 años. O otro tipo, nacido en Barcelona, que a los 5 años se fue a Buenos Aires. Años después volvió a Cataluña, para después instalarse como empresario de complementos alimentarios en Santiago. Vamos, que el tío habla un catalán más que correcto y un español con acento argentino fantástico.
En buen ambiente, hablando catalán y sufriendo con el bañito que le dio el Sevilla al Barça durante buena parte del encuentro, viví mi primer partido en la peña. El próximo sábado, vuelvo. gs