Esto va a ser un poco largo pero merece la pena explicarlo!
Ayer me enviaron a una de las ciudades más pobres de Colombia, Tumaco, en el litoral Pacífico. El presidente Uribe y la ministra de cultura, Paula Marcela Moreno, iban a hacer entrega de unos instrumentos musicales a los jóvenes y material para poner en marcha radios comunitarias en la ciudad.A las siete de la mañana me pasó a buscar nuestro taxista, Mario, quien se ha granjeado una merecida fama de Fitipaldi entre sus clientes.
Vamos al aeropuerto del Comando Aéreo de Transporte Militar (CATAM).El aeropuerto militar está fuertemente resguardado por numerosos controles. Soldados de todas las fuerzas, armados con fusiles M16 norteaméricanos, nos cachearon tres veces antes de llegar al embarque. Siempre en grupos de al menos cuatro soldados. La seguridad en todo Bogotá resulta exasperante. Tanto la policía civil como la militar y la seguridad privada te someten a controles físicos y magnéticos varias veces al día. El único lugar público en el que no cachean es en las iglesias y en los comercios menores.
Llegamos los periodistas (yo voy junto a un fotógrafo de Efe) al pequeño avión Hércules de dos turbohélices que nos ha de llevar junto a la comitiva presidencial. Es uno de esos aviones de transporte de tropa con puerta trasera y dos filas de banquetas transversales. El respaldo es una malla de plástico de color rojo. Bromeé con el cámara de RCN al respecto de la belleza de nuestra azafata. En efecto, se trataba de un maromo de dos metros por dos metros, rapado, con gafas de sol y chaqueta bomber de las Alfa Industries que nos miraba con esa condescendencia con la que miran los militares a los civiles.El Hércules remonta el vuelo a una altura mucho menor que los aviones comerciales y al poco tiempo estamos sobrevolando la imponente cordillera andina. Una vez sobrepasada, comienza la jungla más impresionante que yo haya podido ver jamás. He visto la jungla desde tierra, pero cuando la sobrevuelas es sobrecogedor. Puedes ver el dosel de la selva infinita surcada por ríos de aguas negras que trazan sus meandros bajo las copas. “Esta selva es ingobernable”, me dice el gerente de la Organización de Estados Iberoamericanos, Francisco Vásquez.
Una hora más tarde horas avistamos las playas del Pacífico y comenzamos un rápido descenso a la ciudad portuaria de Tumaco, sita entre espesos manglares. Esta población de 350.000 habitantes, prácticamente todos afrodescendientes, es probablemente la más olvidada del país junto a Buenaventura, en el Valle del Cauca. Vive de la explotación maderera, el aceite de palma , la pesca y la artesanía. Tumaco está formada sobre la isla del mismo nombre, la Isla Viciosa y la Isla del Morro. Están unidas mediante unos puentes que construyó una draga holandesa en los años 50, y de paso sirven para generar energía hidroeléctrica. Las cabañas que circundan la isla son las típicas tropicales hechas de buena madera y techo triangular de uralita, y ganan terreno al mar gracias a a sus cimientos a base de tabiques de madera que se hunden en el mar. Nos trasladan en autobús al pabellón municipal. Está abarrotado de estudiantes de todos los municipios. El calor es asfixiante. En un ambiente febril, distintas formaciones interpretan su música. Es música negra. Uno tendría la sensación de estar en un pueblo de la costa senegalesa. Las mujeres van ataviadas con túnicas de color blanco, con los hombros al descubierto, muy parecidas a las que se ven en las películas de la época de la esclavitud en los algodoneros de los Estados Unidos. Los ritmos son africanos, al son de la percusión y la marimba. Los vocales cantan, gritan, sudan, en un ambiente casi religioso. Con nosotros viene el presidente de la fundación Angola-Colombia, quien asegura que jamás había visto algo tan africano, como si las raíces hubieran subsistido tres siglos después de que los ingleses, reyes del esclavismo, trajeran a millones de negros al continente. Las mujeres son, sin duda, preciosas.En medio de ese frenesí, llegan Uribe y la ministra. Uribe, ataviado con unos pantalones camperos y una guayabera blanca, es un fenómeno a la hora de manejar los escenarios. El pabellón entra en éxtasis. Suena el himno colombiano y del departamento de Nariño interpretado con la percusión local. Tras un discurso de las autoridades, proceden a entregar los instrumentos musicales a los jóvenes. El presidente recuerda el programa que llevó a cabo cuando era gobernador en Antioquia: “Cuando un niño abraza un instrumento musical, jamás empuñará un fusil contra el prójimo”. Uribe, al que veía por primera vez, pide a todos los alcaldes de la región que se acerquen a hacer sus peticiones. Como en un relato de realismo mágico, unos piden seguridad por los ataques de los grupos al margen del estado. Otros muros de contención para los ríos que atraviesan su pueblo. Pero todos coinciden en que lo que más necesitan es dinero para el carnaval. “Sólo he reunido nueve millones de pesos para el carnaval y si regreso al pueblo con las manos vacías me van a matar, señor presidente”. Uribe manda anotar las demandas más importantes. “José Miguel” dice señalando a alguien de su cohorte que está en la grada. “Apunta una ambulancia para Chinchiptó”. El alcalde había pedido una muralla, no una ambulancia.
Tras el espectáculo, nos llevan a un muy buen restaurante en un embarcadero que se adentra en el mar. En la entrada veo por primera vez a miembros de las fuerzas especiales colombianas, con sus monos grises llenos de granadas y sus M-16 con miras telescópicas. Todo está plagado de soldados de todas las fuerzas y graduaciones. Nos sirven un pescado delicioso, la corvina, junto a langostinos rebozados, ensalada, arroz y limonada natural helada para beber. Uribe y la ministra llegan para hablar distendidamente con nosotros. Es sorprendente lo cercanos que llegan a ser.
Uribe irá en un helicóptero a ver una planta de biodiésel recién inaugurada así que sólo viajan con él cuatro cámaras. El resto nos vamos en un autobús junto a la ministra en el que nos muestran la ciudad y sus playas. Han logrado recuperar algunas, porque el resto padecen del gran mal ecológico de los países en vías de desarrollo, los plásticos y la basura. Desde el autobús ves a la gente de la ciudad, siempre fuera de sus casas. Un grupo de niñas que juegan a ser militares, cuadrándose ante una de sus compañeras. Los niños juegan a hacer ver que disparan metralletas al lado de los soldados. Colombia es, desgraciadamente, uno de los países más militarizados del mundo. Llegamos a la playa del Morro, espectacular. Recibe su nombre por el morro que se levanta en mitad del mar. Los niños corretean y se pelean por los billetes que algún acompañante de la ministra les ha dado. Te miran, pillos, con cara de pena y te dicen que es para comida. En Tumaco no hay hambre, pero es una de las regiones con mayor narcotráfico y paramilitarismo del país. Es una de las salidas al Pacífico.
Tras la visita, vamos a la Casa de la Cultura, donde la ministra escuchará las peticiones de los tumauqueños en ese ámbito, en un clima de sistensión total. Aquí, a diferencia de en Bogotá, la política es de proximidad. El resto no sirve. Y las visitas a estos lugares tan olvidados es muy simbólica para los gobernantes. En cada lugar debe hacerse de una manera. Aquí, se hace desenfadado. En la sierra, Uribe llega a caballo y deja sus palabras más duras. Espero fuera, en la calle, viendo el tráfico de motos, las mujeres impresionantes, las frutas imposibles y el clima de caos trópical que impera. En una de las tienduchas veo el siguiente cartel:
“Llamadas a todos sitios por 200 pesos”
“Hay tratamiento de placenta”
“Hay embriones de pato”
Acabada la reunión, nos vamos en un bus de línea junto a la ministra hacia el aeródromo. Está rodeado de chabolas y lleno de helicópteros. El presidente ha decidido ir a Pasto, en la sierra, porque anoche un volcán entró en erupción y se ha declarado la alerta máxima. Quieren que Efe esté allí, junto a Caracol TV y París Match. De esta manera, en vez de regresar en el Hércules, subo al Boeing 737-700 presidencial. Adentro vuelan los embajadores de China y Suiza, que invirtieron en el proyecto, el gerente de la OEI y algunos miembros más de la comitiva, al margen de varios guardaespaldas con sus M-16 con mirilla láser bajo el cañón. El avión es una joya aeronáutica y hace el mismo recorrido en la mitad de tiempo que un avión de carga militar. Dentro, todos los sillones son de cuero acolchado, tiene un pequeño salón y una habitación para que descanse el presidente quien, por otro lado, no duerme más de cuatro horas diarias. Su versatilidad permitirá que aterrice, ya entrada la noche, en el aeropuerto de Pasto, uno de los más peligrosos del país, y que Uribe habilitó para el aterrizaje nocturno de modo que pudiese trabajar hasta tarde, para desgracia de su agente de prensa. Antes de despegar, cuatro helicópteros Tomahawk se preparan para asegurar la zona selvática en la que se encuentra el aeropuerto. A uno de los lados de cada aparato está apostado un soldado con una ametralladora. Esas máquinas aplastan la hierba con sus aspas y se levantan sobre la selva. He visto mil veces esa imagen en las películas sobre la guerra de Vietnam.
La pista de Pasto es una simple carretera iluminada en medio de las montañas, a 2.800 metros sobre el nivel del mar. No pudimos ver el volcán porque hacia las seis de la tarde siempre se levantan las nubes en la jungla, unas nubes que pude ver atravesar con el avión y que eran, literalmente, como algodón. Uribe se levantó dos veces para hablar con nosotros, muy amicalmente, para dejar clara la importancia de la planta de biodiésel a escala que habían inaugurado y que calificó de “revolución” para los campesinos.
En Pasto nos dirigimos a la estación de policía donde Uribe revisará durante cuatro horas el plan de contingencia para el volcán junto al consejo comunitario, presidido por el gobernador del departamento de Nariño, del partido opositor. Uribe es incansable. Todos estamos destrozados y él sigue demostrando un control absoluta de la situación. Conoce a la perfección todas las cifras y los informes de vulcanología que explica una profesional ante el consejo. Una vez establecido el plan, sale de la comisaría ataviado con un poncho de lana de oveja que le han obsequiado y da parte a la prensa de todo lo acontecido durante el interminable día.
Regresamos en el avión presidencial a CATAM, Bogotá, a las 23:30 horas. Tomo una cerveza con el fotógrafo y me voy a la delegación a editar todo lo que he grabado.